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El problema estructural del patrón monetario 

La cuestión del oro como ancla

Previo a la desarticulación de las Instituciones Financieras Internacionales como resultado del rompimiento de los acuerdos de Bretton Woods en 1971, diversos problemas estructurales fueron identificados en el patrón monetario que en principio ancló al dólar con el oro a una razón de 35 dólares por onza. Uno de los primeros cuestionamientos se originó desde la adopción del oro como ancla. La escasez intrínseca derivada de su rareza, una extracción insuficiente para respaldar la creciente liquidez, y las progresivas dificultades técnicas para acceder a nuevos yacimientos, generó variedad de dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para respaldar el compromiso adquirido de la convertibilidad y a la par proveer la liquidez internacional.

El rápido crecimiento económico de las décadas de 1950 y 1960, impulsado por la reconstrucción de Europa y el ascenso de nuevas potencias industriales como Alemania y Japón, así como por la consolidación del petróleo como la principal fuente de energía, disparó la demanda global de liquidez. Para atenderla, Estados Unidos incrementó de manera desmedida la emisión de dólares, muy por encima de sus reservas en oro, lo que finalmente desembocó en un exceso de liquidez internacional imposible de respaldar. 

El privilegio exorbitante: el diseño asimétrico del orden monetario

En 1965, el entonces ministro de Finanzas de Francia, Valéry Giscard d’Estaing, acuñó el término del “privilegio exorbitante” para referirse a la condición desproporcionada que obtenía Estados Unidos al emitir la moneda de reserva mundial. Tal privilegio apuntó hacia un desequilibrio inherente del sistema debido a la necesidad de ajuste de todas las economías del mundo para sostener la estabilidad cambiaria de sus monedas, a la vez que se enfrentaban a una necesidad constante de acumulación de reservas. Por su parte, Estados Unidos se financiaba ilimitadamente en su propia moneda, sin riesgo de enfrentar restricciones externas. 

Los constantes cuestionamientos finalmente desembocaron en el rompimiento de la paridad oro-dólar en 1971; no obstante, lejos de eliminar tal privilegio, lo transformó e inclusive amplificó. La convertibilidad, al menos en un principio, contuvo la expansión de la liquidez internacional debido a la necesidad de mantener reservas suficientes de oro para respaldar los dólares en circulación. Sin embargo, tras la decisión de suspender el respaldo áureo, el dólar pasó de tener un ancla material y escasa, a sostenerse exclusivamente en la confianza, la credibilidad y en el poder económico y geopolítico de Estados Unidos, y con ello incrementó su capacidad de financiar sus déficits trasladando los costos de su política monetaria y fiscal al resto del mundo.

Desde entonces, el dólar pasó a ser, en palabras inscritas en el propio billete, una moneda que “confía en Dios”, pero cuya verdadera fortaleza radica en la aceptación forzada de la arquitectura financiera internacional. Sin embargo, tal fe lleva consigo penitencia, y en este caso el costo es elevado debido a la necesidad de sostener déficits de manera perpetua.

El dilema de Triffin: la advertencia que reveló los errores estructurales

Si bien el privilegio exorbitante explica las asimetrías del poder monetario, dando como el gran vencedor al emisor de la moneda global, existe una restricción interna que limita en cierta medida la expansión monetaria, la cual fue conocida incluso previo al planteamiento del privilegio exorbitante. En 1960, Robert Triffin, economista belga-estadounidense, advirtió al Congreso de Estados Unidos acerca de un problema estructural del Sistema Bretton Woods. Dicho problema radicaba en que, para proveer liquidez global, Estados Unidos debía emitir más dólares y con ello generar déficits externos. Pero mientras más dólares circulen, la confianza en la capacidad de respaldarlos disminuye. 

¿Por qué sucede esto?  La emisión monetaria representa deuda porque cada dólar que circula está respaldado por un pasivo en el balance del Banco Central, por lo que simboliza la promesa de que ese dinero podrá usarse para satisfacer las necesidades del poseedor. En ese sentido, la emisión incrementa los niveles de deuda y con ello genera dudas respecto al pago futuro de la misma.

De esta manera, Estados Unidos emite dólares para proveer la moneda mundial, mientras el mundo acepta esos dólares, los cuales también asumen la forma de bonos del tesoro, y estos se acumulan en las reservas internacionales. El resultado es una paradoja: el emisor de la moneda global se convierte en el mayor deudor, mientras el resto del mundo funge como acreedor. Tal dinámica se sostiene en la medida en que persista la confianza en el dólar y en la capacidad de Estados Unidos para mantener su rol hegemónico en la economía global.

El nacimiento del Minotauro Global 

La hegemonía monetaria es fruto del poder y la influencia global de Estados Unidos para sostener la confianza en el dólar, pero también es el resultado de las deficiencias inherentes del sistema. Negarla es ignorar los problemas estructurales del patrón monetario vigente, los cuales se originan a partir de errores en el diseño de la actual arquitectura financiera internacional y, en consecuencia, en la propia ingeniería institucional que le dio forma.

Si bien el privilegio exorbitante exhibió el diseño asimétrico del orden monetario caracterizado por la falta de restricciones externas, y el dilema de Triffin reveló las contradicciones internas en cuanto a su sostenibilidad, el escenario posterior a 1971 mostró que ambos elementos no fueron suficientes para modificar la lógica de las relaciones monetarias, sino que dieron origen a una dinámica distinta. 

En ese contexto, Yanis Varoufakis formuló la hipótesis del Minotauro Global1, una metáfora para explicar cómo los déficits de Estados Unidos dejaron de ser percibidos como una debilidad estructural y pasaron a convertirse en el eje de un sistema que absorbía y redistribuía los excedentes financieros del resto del mundo, consolidando la centralidad de la economía estadounidense. En ese sentido, los déficits no representan una amenaza per se, ya que a través de los flujos financieros internacionales que se orientan hacia la economía estadounidense, se sostiene el consumo interno elevado, financia sus desequilibrios fiscales y, al mismo tiempo, proyecta estabilidad relativa hacia afuera. Así, el Minotauro alimentado por el resto del mundo, “convirtió la debilidad teórica en fortaleza práctica”.

La metamorfosis del Minotauro

Al igual que en el mito, el Minotauro Global se torna más violento e incontrolable a medida que crece, y en la década de los noventa, y hasta la crisis de 2008, fue cuando se tornó más agresivo, impulsado por una financiarización global desequilibrada caracterizada por sacar provecho de innovaciones tecnológicas y el desarrollo de instrumentos financieros complejos. No obstante, con el estallido de la crisis de 2008, el Minotauro Global resultó herido tras el colapso del mercado inmobiliario y la revelación del grado de toxicidad de los instrumentos derivados que habían servido como alimento, y eran avalados por las calificadoras de riesgo. 

La herida reveló la fragilidad del sistema y evidenció las fallas estructurales del mismo, pero no detuvo la dinámica de seguir ofreciendo dólares a la economía estadounidense, y de hecho, los programas de alivio cuantitativo para superar la crisis no hicieron más que reactivar el mecanismo de alimentación del minotauro exacerbando los déficits ya de por sí crónicos de Estados Unidos, país que ya alcanza una deuda del 120% de su PIB. Esto, más allá de poner fin a la hegemonía del dólar, la hizo entrar en una nueva fase de dependencia de flujos de capital, pero en esta ocasión residuales, sobre todo de economías altamente dependientes del dólar, en su mayoría de ingreso medio y abiertas. Esta característica es distintiva, ya que, desde el nacimiento del minotauro en 1971, los principales países tributarios habían sido aquellos con enormes excedentes: Alemania, Japón y la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) entre los setenta y ochenta, los tigres asiáticos en los noventa, y finalmente China después del 2000.

El laberinto de la divisa hegemónica 

Los elementos expuestos, ya sea en forma de privilegios, dilemas o metáforas, funcionan como advertencia de que la centralidad absoluta de una divisa global convierte al sistema en rehén de los desequilibrios de su emisor. La trayectoria del dólar lo ilustra con claridad: lo que nació como un ancla de estabilidad terminó convertido en una máquina para absorber capitales, financiar déficits sin límites y trasladar los costos de sus crisis al resto del planeta. Insistir en sustituir al dólar por otra moneda hegemónica solo conduce a engendrar un nuevo monstruo con distinto rostro, pero con el mismo apetito. 

Notas de edición 

La salida a la desdolarización no pasa por sustituir una moneda hegemónica por otra, pero surgen interrogantes inevitables: ¿qué ocurre con las monedas comunes que nacen de procesos de convergencia, como el euro, y con la teoría de las zonas monetarias óptimas? ¿Hasta qué punto experiencias como los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, concebidos como una unidad de cuenta supranacional, pueden ofrecer una alternativa real al patrón actual? Estas preguntas abren un debate los cuales se abordan en la próxima edición.

Lee nuestra serie de artículos:

Referencias

  • Cohen, B. J. (2015). Currency power: Understanding monetary rivalry. Princeton University Press.
  • Eichengreen, B. (2011). Exorbitant privilege: The rise and fall of the dollar and the future of the international monetary system. Oxford University Press.
  • Helleiner, E. (2014). The status quo crisis: Global financial governance after the 2008 meltdown. Oxford University Press.
  • Obstfeld, M. (2019). The international financial system after the global financial crisis. IMF Economic Review, 67(3), 417–445. https://doi.org/10.1057/s41308-019-00088-6
  • Strange, S. (1988). States and markets. Pinter.
  • Tooze, A. (2018). Crashed: How a decade of financial crises changed the world. Viking.
  • Triffin, R. (1960). Gold and the dollar crisis: The future of convertibility. Yale University Press.
  • Varoufakis, Y. (2011). The global Minotaur: America, Europe and the future of the global economy. Zed Books.
  1. Basada en el mito griego que alude a una criatura mitad humana y mitad toro que a medida que iba creciendo, se volvía cada vez más violenta e incontrolable. En su desesperación, el Rey Minos de Creta acudió a Dédalo, arquitecto real (quien en un principio había sido castigado por el mismo rey por ayudar a su esposa Pasifae a engendrar al propio Minotauro), para idear un complejo laberinto en donde el monstruo debería permanecer encerrado por siempre. Tras una guerra en la que Creta derrotó a Atenas, Minos impuso duras condiciones a los vencidos, entre ellas, la entrega periódica de siete hombres y siete doncellas que servirían de alimento para el Minotauro.

    En la representación teatral contemporánea, el papel del Minotauro es interpretado por Estados Unidos quien tras el colapso de Bretton Woods y la transición a un régimen de tipos de cambio flexibles se transformó en un polo de atracción de capitales globales, financiando sus crecientes déficits comerciales mediante flujos constantes de inversión extranjera, lo que ayudó a la consolidación del dólar como la moneda hegemónica a pesar de que el país se adentraba cada vez más en fuertes problemas económicos.
    ↩︎

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