Adrian Falco *
El sacudón de Donald Trump al sistema de comercio internacional fue mucho más que un gesto aislado: marcó el inicio de una guerra económica. Desde los atriles de campaña, el entonces candidato y hoy presidente de Estados Unidos advirtió con crudeza lo que estaba por venir. Amenazó con imponer barreras a las importaciones, acusando a países como China y a los miembros de la Unión Europea de competencia desleal. Y cumplió. Hoy, el mundo entero paga las consecuencias de ese giro proteccionista.
¿Hasta dónde llegan realmente estas medidas? ¿Qué significan para nuestras economías? ¿Qué efectos tienen en algo tan concreto como los impuestos que pagamos, el acceso a productos o incluso el empleo? Este artículo propone explorar esas preguntas, con un foco claro: entender cómo estas políticas influyen en la recaudación fiscal y en la vida cotidiana.
Aunque aún es temprano para trazar un balance definitivo, algo es seguro: la tensión en los mercados va en aumento, y el costo no será simbólico. Trump lanzó una bomba regulatoria cuya onda expansiva aún no termina de sentirse. Las consecuencias podrían ser tan difusas como profundas, pero no por eso debemos quedarnos al margen del análisis.
La ola arancelaria
Esto es lo que ha pasado hasta ahora: Trump impuso un arancel del 10 % a la mayoría de los productos importados (con América Latina incluida), del 20 % para productos europeos y del 145 % para los de origen chino. Lo que no sabemos aún es qué tan efectivas serán estas medidas para EE. UU., ni cuánto daño colateral pueden generar en otras partes del mundo. Pero sí podemos anticipar que no habrá ganadores claros, y que todos —en mayor o menor medida— saldrán golpeados.

Las reacciones no se hicieron esperar. China y la Unión Europea diseñaron contramedidas inmediatas. La lógica del “ojo por ojo” comenzó a regir las relaciones comerciales globales. Sin embargo, más allá de los titulares y las tensiones diplomáticas, la pregunta crucial es otra: ¿cómo nos afecta esto a nosotros, la ciudadanía de a pie, consumidores, trabajadores?
Empecemos por lo básico. Un arancel es un impuesto que se aplica a bienes importados o exportados. Lo paga quien importa productos —empresas de los países que deben pagar las tasas o que han fijado los aranceles—, pero ese costo casi siempre se traslada al precio final. ¿El resultado? Bienes más caros en el mercado interno, menor consumo y, paradójicamente, una recaudación que podría no aumentar, sino caer.
Sin embargo, más allá de los titulares y las tensiones diplomáticas, la pregunta crucial es otra: ¿cómo nos afecta esto a nosotros, la ciudadanía de a pie, consumidores, trabajadores?
Entonces, ¿realmente recaudará más el gobierno estadounidense? Tal vez, pero de forma transitoria. Porque si los productos se encarecen y el consumo de bienes extranjeros cae, el impacto en la economía interna puede ser el opuesto. Las ventas bajan, la producción se ajusta y se pierden empleos. Lo que se gana por un lado, se pierde por el otro. Es una ecuación inestable.

Pero eso no es todo. Este tipo de medidas también alienta la deslocalización. Muchas empresas buscarán relocalizar su producción para esquivar aranceles o aprovechar beneficios tributarios en otros países: la clásica carrera a la baja. Es la vieja lógica del capital: ir donde el margen sea más alto. Y eso puede significar menos empleo formal en el país que impone el arancel y menos estabilidad laboral en aquellos que dependen de esas cadenas de producción globalizadas.
América Latina frente al nuevo tablero
Para América Latina, la situación es aún más incierta. Países con zonas francas, como Costa Rica, podrían quedar en una posición extremadamente vulnerable. ¿Qué tan competitivo puede ser un modelo exportador si los flujos comerciales se traban por decisiones ajenas?
El impacto para otros países de LAC dependerá del sector económico, del peso del comercio que tengan con EE. UU. y de la posibilidad de aprovechar a mediano/largo plazo oportunidades derivadas de los efectos arancelarios implementados por EE. UU. en otros países (aunque esta podría no ser una tarea tan sencilla).
En el caso de Perú, cuyo volumen de comercio con EE. UU. representa el 14 % de sus exportaciones (3 % del PIB), y en el que los efectos arancelarios en sectores como el textil o el agroexportador son similares a los de otros países con los que compite en LAC (10 %), en términos relativos podría no haber un impacto tan fuerte. Incluso podría resultar en un beneficio, teniendo en cuenta el arancel de más del 30 % que se aplica a países asiáticos que “compiten” con productos peruanos en estos sectores del mercado estadounidense. Pero también hay que considerar los efectos recesivos que podrían impactar en EE. UU., con una posible subida del desempleo y/o de la inflación.
Entender los aranceles no es solo una cuestión de especialistas: es una necesidad ciudadana. Porque detrás de cada impuesto que se impone o de cada tratado que se rompe.
Las medidas de Trump no solo fueron disruptivas; también pusieron en jaque a un sistema global que funcionaba —con todas sus imperfecciones— bajo ciertas reglas compartidas. Hoy, esas reglas están en discusión. Lo que parece estrategia podría ser, en realidad, una jugada riesgosa sin plan de salida. Pero también podría ser parte de una lógica brutalmente efectiva: imponer condiciones negociando desde la fuerza. “Pegar para después negociar” parece ser el leitmotiv de la administración Trump por estos días.
El mundo está presenciando una transformación profunda del comercio global. No es solo un juego entre potencias: está en juego nuestra estabilidad económica, fiscal y social. Estas medidas nos afectan más de lo que imaginamos. No son decisiones técnicas tomadas en un despacho en Washington: son políticas que alteran precios, desatan despidos, modifican flujos fiscales y tensionan la ya frágil economía internacional.
Y es justamente por eso que no podemos observar este proceso solo como espectadores. Entender los aranceles no es solo una cuestión de especialistas: es una necesidad ciudadana. Porque detrás de cada impuesto que se impone o de cada tratado que se rompe, hay consecuencias directas en el bolsillo de la gente, sobre nuestra producción y sobre nuestro trabajo.
Trump pateó el tablero. Pero la pregunta más urgente es otra: ¿quién lo volverá a armar… y en qué condiciones?
* El texto fue readctado por Adrian Falco, coordinador del área de Justicia Fiscal de Latindadd, y cuenta con aportes y comentarios de Luis Moreno, Klelia Guerrero y Omar Olivares.


