Vientos del Sur Global: fortaleciendo la autonomía monetaria regional
La desdolarización, como eje central en el debate sobre la reforma de la arquitectura financiera internacional, suele asociarse exclusivamente con los grandes actores económicos: por un lado, las economías altamente desarrolladas capaces de disputar la hegemonía del dólar; por otro, las instituciones supranacionales como el FMI, que, aunque envejecidas y cuestionadas, continúan representando los vestigios de aquella cooperación monetaria internacional concebida para sostener la estabilidad y el crecimiento global.
Sin embargo, también desde el Sur Global han emergido experiencias que han demostrado una capacidad real para impulsar la desdolarización. Estos desarrollos, muchas veces alejados de la presión de las potencias del Norte, nacieron como mecanismos prácticos de cooperación entre economías en desarrollo. Su objetivo no era desafiar abiertamente la hegemonía del dólar, sino construir alternativas viables que redujeran su dependencia, fortalecieran la autonomía regional y ampliaran el margen de maniobra de los Estados frente a la escasez de divisas.
En ese sentido, los acuerdos regionales de pago (ARP) y los sistemas de liquidación en monedas locales representan la expresión más tangible de una desdolarización “desde abajo”, impulsada no por el reemplazo de una divisa hegemónica, sino por la aspiración de construir mecanismos de compensación que impulsen el comercio regional y fortalezcan los márgenes de soberanía monetaria.
Orígenes y fundamentos de la cooperación monetaria regional
La cooperación monetaria regional no nació como un concepto técnico, sino como una respuesta política y económica a las crisis del orden monetario internacional. Su origen puede rastrearse en los intentos por aliviar la necesidad de liquidez, por un lado, y la búsqueda de estabilidad cambiaria y soberanía monetaria, por el otro.
La estructura jerárquica con la que fue concebido el sistema Bretton Woods, que colocó desde un inicio a los países del Sur Global en una posición subordinada, hicieron evidente la fragilidad de la periferia frente a los ciclos económicos adversos. Así, surgieron los primeros mecanismos regionales de defensa y cooperación.
Las primeras experiencias se remontan a la Unión Europea de Pagos (UEP), creada en 1950, para compensar los pagos entre los países europeos sin recurrir al dólar, lo que con el tiempo impulsaría la adopción del euro. En las décadas siguientes, comenzaron a surgir acuerdos de compensación, fondos de reserva y mecanismos de pagos en América Latina, África y Asia, que buscaban adoptar este mecanismo a sus propias condiciones. Iniciativas como el Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos de la ALADI, la Asian Clearing Union y la Unión Africana de Pagos compartían un principio común: mantener la liquidez comercial dentro de la región y reducir la dependencia de divisas externas. Todos ellos, representaron intentos por construir un tipo de integración monetaria “desde abajo”, articulada en torno a los bancos centrales y no subordinada a la intermediación del sistema financiero internacional.
¿Cómo vamos en América Latina?
La experiencia latinoamericana optó por mecanismos flexibles de compensación que respondieron a problemas centrales como; la escasez de divisas y la volatilidad externa. El primer paso fue la creación del Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos (CPCR) bajo la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), hoy ALADI, en 1965. Su lógica era sencilla, establecer una cámara de compensación regional entre bancos centrales para registrar operaciones comerciales, netear saldos de manera multilateral y liquidar únicamente los montos residuales al final de cada período.
Durante las décadas de 1970 y 1980, el CPCR alcanzó un papel protagónico. En los años de la crisis de la deuda, cuando los mercados internacionales de crédito se cerraron y la escasez de dólares amenazaba el comercio intrarregional, el sistema permitió sostener los intercambios entre los países miembros. Sin embargo, el auge del neoliberalismo en los años noventa y la liberalización financiera redujeron drásticamente su utilización. Los bancos centrales comenzaron a privilegiar la liquidación directa en dólares y la apertura de cuentas en el exterior, desplazando la lógica de compensación colectiva que había caracterizado al sistema.
Décadas más tarde, en el marco del Mercosur, surgiría un nuevo intento por retomar la cooperación monetaria desde otra perspectiva. En 2008, los bancos centrales de Argentina y Brasil lanzaron el Sistema de Pagos en Monedas Locales (SML), una iniciativa que buscó simplificar el comercio bilateral, reducir costos financieros y ofrecer una alternativa directa al uso del dólar en las operaciones de exportación e importación. Bajo este esquema, cada empresa puede facturar y cobrar en su propia moneda, mientras los bancos centrales realizan una conversión directa entre reales y pesos y liquidan diariamente los saldos. El SML no pretendía reemplazar al CPCR, sino complementarlo con un enfoque más microeconómico, dirigido especialmente a pequeñas y medianas empresas que enfrentaban altos costos de cobertura cambiaria.
Un tercer experimento, más ambicioso en su concepción, fue el Sistema Único de Compensación Regional (SUCRE), promovido en el marco de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). A diferencia de los mecanismos anteriores, el SUCRE incorporó una unidad de cuenta regional propia, el sucre, y creó un fondo de convergencia comercial destinado a compensar los desequilibrios entre países. Su arquitectura institucional incluía un consejo monetario regional, bancos operativos autorizados, manuales de procedimiento y normas de acceso. Durante sus primeros años, el SUCRE llegó a canalizar montos significativos de comercio intrarregional, evidenciando el potencial de una unidad de cuenta común para reducir el uso del dólar y dinamizar los intercambios entre economías heterogéneas.
La experiencia en África y Asia
La cooperación monetaria en África y Asia ha adoptado formas diversas, las cuales han tenido que adaptarse a sus contextos políticos y niveles de integración económica. No obstante, han compartido el mismo fin: mantener la liquidez regional y promover el comercio intrarregional sin recurrir a divisas externas.
En 1974 se creó la Asian Clearing Union (ACU), impulsada por la Comisión Económica y Social para Asia y el Pacífico (ESCAP). Esta funciona como una cámara de compensación multilateral entre bancos centrales, que registra transacciones, compensa saldos y liquida únicamente los montos residuales al cierre de cada período. Opera con unidades de cuenta denominadas en dólares, euros y yenes, lo que permite diversificar el riesgo y reducir la necesidad de reservas externas, sin embargo, no ha logrado desprenderse del sello de las monedas fuertes.
Más recientemente, países del sudeste asiático como Indonesia, Malasia y Tailandia impulsaron los esquemas de Liquidación en Monedas Locales (LCS), que permiten cotizar y pagar el comercio bilateral directamente en monedas nacionales, sin pasar por el dólar. Estos mecanismos, coordinados entre bancos centrales, buscan no solo reducir costos y volatilidad, sino también fortalecer los mercados cambiarios locales y crear confianza para futuras formas de integración monetaria regional.
En África, los esfuerzos han seguido una trayectoria similar. En África Austral, la Comunidad para el Desarrollo del África Austral (SADC) implementó el SADC-RTGS, un sistema de liquidación regional administrado por el Banco de Reserva de Sudáfrica que facilita pagos transfronterizos en tiempo real. En África Oriental, la Comunidad de África Oriental (EAC) creó el East African Payment System (EAPS), que permite transferencias entre países en sus propias monedas, abaratando costos y acortando plazos. A estos se suma el Regional Payment and Settlement System (REPSS) del COMESA, y más recientemente el Pan-African Payment and Settlement System (PAPSS), promovido por Afreximbank y la AfCFTA, que permite liquidar pagos en monedas locales a escala continental. Estos mecanismos, aunque aún incipientes, consolidan una tendencia clara: la desdolarización práctica, sostenida desde la cooperación y la innovación institucional del Sur Global.
Notas de edición
En la próxima entrega se abordará una nueva dimensión de la desdolarización: la transformación tecnológica de los sistemas de pagos internacionales. A partir de las experiencias analizadas en América Latina, África y Asia, el siguiente artículo examinará cómo las plataformas digitales, las monedas digitales de bancos centrales y los proyectos como mBridge, CIPS y otros sistemas multidivisa están redefiniendo la arquitectura monetaria global. Más que un cambio técnico, se trata de una reconfiguración profunda del poder financiero internacional, donde la infraestructura digital comienza a disputar al dólar no solo su hegemonía, sino también su rol como lenguaje universal del valor.
* Artículo elaborado por Jorge Luna, economista de Nueva Arquitectura Financiera de Latindadd.
Lee los siguientes artículos:
- La desdolarización avanza, pero no como el mundo imaginó
- Bocetos monetarios: Derechos Especiales de Giro y Moneda Común
- El problema estructural del patrón monetario
- La transformación tecnológica de los pagos internacionales: nuevas rutas hacia la desdolarización
Bibliografía:
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