Arreglos Monetarios Supranacionales: entre la cooperación, integración y la hegemonía
Los problemas estructurales del patrón monetario, advertidos desde el diseño de la arquitectura financiera internacional, no han sido resueltos. Aún con las consecuentes metamorfosis de las instituciones financieras internacionales, que fueron transformadas para sostener la hegemonía del dólar, el problema de fondo sigue aún presente. Sin embargo, esto no significó que no existiera lugar para propuestas que en muchos casos se diluyeron con el tiempo, pero otras aún hoy conservan vigencia. Entre ellas destacan: los Derechos Especiales de Giro (DEG), concebidos a finales de los años sesenta como un intento de responder al dilema señalado por Robert Triffin, es decir, la imposibilidad de que una moneda nacional sostuviera al mismo tiempo las necesidades de liquidez global y la estabilidad doméstica de su emisor; y, por otro lado, la creación de monedas comunes inspiradas en los trabajos de Robert Mundell sobre las zonas monetarias óptimas, que buscaba reducir costos de transacción, estabilizar precios y dar mayor integración a un bloque regional diverso.
En ambos casos se advierte que estos arreglos monetarios supranacionales, no son los únicos intentos de replantear la arquitectura financiera internacional. Sin embargo, son los que han concentrado la mayor atención debido al peso de las economías que los respaldan y a la ambición de sus diseños. Estos arreglos, si bien no están exentos de limitaciones, comparten una premisa fundamental: la necesidad de pensar la cooperación monetaria más allá de las fronteras nacionales y de los intereses exclusivos de un emisor monetario global.
Derechos Especiales de Giro: de activo marginal a herramienta con potencial
Ante la creciente fragilidad del Sistema Breton Woods, acentuada durante la década de los sesenta, los países miembros del FMI acordaron en la Reunión de Río de Janeiro de 1967, diseñar un instrumento que fungiera como activo de reserva, y que no dependiera exclusivamente de la emisión de un solo país. Dos años después, la idea se materializó con la creación de los Derechos Especiales de Giro, concebidos como un activo de reserva suplementario, que sería distribuido entre los países en proporción a sus cuotas. Inicialmente se definió su valor en términos de oro, y tras el rompimiento de la convertibilidad en 1971, se adoptó como referencia una canasta de divisas de las principales economías, emulando de alguna manera la idea del Bancor de Keynes.
La primera emisión de DEG se llevó a cabo entre 1970 y 1972 por un total de 9300 millones. La segunda tuvo lugar entre 1979 y 1981, con una asignación de 12 100 millones, destinada a reforzar el sistema de reservas internacionales en medio de la inestabilidad generada por la segunda crisis del petróleo. Tras varias décadas sin nuevas emisiones, el FMI aprobó en 2009 una tercera gran asignación, equivalente a 182 600 millones de DEG, con el objetivo de mitigar los efectos de la crisis financiera global. Ese mismo año, el organismo también autorizó una asignación especial por 21 500 millones de DEG, destinada a regularizar la posición de los países que se habían incorporado al FMI después de 1981 y que no habían participado en las rondas previas. Finalmente, en agosto de 2021, en el marco de la crisis sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19, se aprobó la mayor emisión de la historia: 456 500 millones de DEG. Con ella se buscó impulsar la recuperación mundial y brindar mayor espacio de maniobra a los países más afectados por el colapso económico. En conjunto, estas asignaciones suman en la actualidad cerca de 660 000 millones de DEG.
No obstante, estas emisiones al estar ancladas al sistema de cuotas, limitan su alcance y reproducen las asimetrías de poder, ya que los países con mayor peso económico reciben la mayor parte de los recursos, mientras que las economías en desarrollo, que suelen enfrentar mayores necesidades de liquidez, acceden a una fracción de los mismos. A ello se suma que los DEG son emitidos y administrados por el propio FMI, quien abandonó hace tiempo su papel original de estabilizador para convertirse en promotor de programas de ajuste y liberalización, que a la vez responden a los intereses del Norte Global.
A pesar de ello, los DEG siguen siendo la única experiencia de una unidad de cuenta supranacional reconocida a nivel multilateral, y demuestran la viabilidad de crear activos globales a pesar de los límites y la voluntad política de las potencias hegemónicas para ceder parte del privilegio asociado a sus monedas nacionales.
En la actualidad, los DEG se mantienen como un complemento marginal y no como una alternativa a la hegemonía del dólar. Sin embargo, sus particularidades, aunados a las crecientes vulnerabilidades del Sur Global, han abierto el debate sobre el papel de los DEG más allá de su función como instrumento de reserva. Latindadd ha impulsado la discusión sobre su incorporación a políticas fiscales, con la idea de que estos recursos puedan destinarse a financiar salud, educación, clima o infraestructura en lugar de permanecer ociosos. En este sentido, los DEG pueden ser entendidos como recursos frescos que pueden ampliar el margen de maniobra de los Estados frente a crisis.
Moneda Común: entre la integración regional y el riesgo de la convergencia
Situado en el mismo contexto que dio origen al nacimiento de los DEG, Robert Mundell desarrolló la teoría de las zonas monetarias óptimas en la década de los sesenta. Esta sostenía que, bajo ciertas condiciones, como: la movilidad laboral, la integración comercial y la existencia de mecanismos de compensación fiscal, varias economías podían beneficiarse de compartir una moneda común. La idea proponía que la renuncia a la política cambiaria individual podía compensarse con las ventajas de una mayor estabilidad, menores costos de transacción y un mercado interno más profundo.
Tras la desvinculación del dólar al oro, comenzó alrededor del mundo un periodo caracterizado por una fuerte volatilidad cambiaria, que buscó sin éxito la adopción de un ancla monetaria estable. En Europa, la fuerte dependencia del dólar acumulada durante décadas dejó a la región muy vulnerable. En ese escenario, las ideas de Mundell ganaron terreno como fundamento teórico para avanzar hacia una moneda común que redujera los costos de transacción, diera mayor previsibilidad a los flujos comerciales y blindara al continente frente a los desajustes derivados del predominio del dólar.
De ese impulso surgió el proyecto de integración monetaria, el cual se materializó con la creación del euro en 1999. En sus primeros años, el euro facilitó el comercio intrarregional, profundizó la integración financiera y buscó consolidar la convergencia económica del continente, a la vez que ofrecía una alternativa parcial a la hegemonía del dólar, convirtiéndose rápidamente en la segunda moneda más utilizada en el mundo. Sin embargo, la experiencia también dejó en evidencia sus límites. La crisis de deuda de 2008 mostró la fragilidad de una unión monetaria sin unión fiscal, así como las fuertes asimetrías estructurales entre sus miembros, factores que redujeron su capacidad de competir plenamente con el dólar. A pesar de sus limitaciones, la implementación del euro mostró que la cooperación monetaria reduce costos de transacción y da mayor capacidad de negociación colectiva en el ámbito internacional.
Entre aciertos y límites: lo que enseñan los DEG y el euro
Superar la lógica binaria implica reconocer que ningún sustituto del dólar está libre de limitaciones o problemas. También exige comprender que la desdolarización se está materializando de forma distinta, y que ella no depende de una sola alternativa hegemónica, sino de la coexistencia de diversos arreglos, algunos con varias décadas de existencia y otros de diseño más reciente. En ese contexto, los DEG, concebidos como un activo de reserva respaldado por una canasta de monedas, y las monedas comunes como el euro, que se ha consolidado como la segunda divisa más transada en el mundo, son ejemplos que conviven hoy con realidades distintas: los DEG permanecen en un estado de letargo, limitados por las decisiones de su propio creador, el FMI, mientras que el euro, pese a sus crisis, logró posicionarse en el top del sistema financiero global.
Estas experiencias, ofrecen lecciones para imaginar alternativas. De los DEG se puede rescatar la idea de un activo de reserva supranacional diseñado colectivamente, mientras que el euro muestra que la cooperación monetaria puede reducir costos de transacción, y fortalecer la capacidad de negociación internacional. Esto mismo permite delinear instrumentos que no reproduzcan las asimetrías actuales, sino que contribuyan a la construcción de una arquitectura financiera internacional más justa.
Notas de edición
Los Derechos Especiales de Giro y el euro (en su condición de moneda común) son los arreglos supranacionales que mayor atención han recibido, en buena medida por el peso de los actores que los respaldan y por la ambición de sus diseños. En contraste, los arreglos regionales preferenciales o los esquemas de pagos en monedas locales han surgido principalmente entre economías en desarrollo o emergentes. Estos mecanismos cumplen un papel relevante al reducir costos de transacción, diversificar riesgos y fortalecer la autonomía frente al dólar, pero su escala aún limitada les ha impedido consolidarse como un sustituto directo de la divisa estadounidense.
No obstante, en un escenario donde coexisten distintos arreglos monetarios, estas iniciativas han cobrado nuevo impulso como parte de la búsqueda de alternativas más plurales. Sus avances, desafíos y perspectivas serán abordados en la próxima edición.
Lee los siguientes artículos:
- La desdolarización avanza, pero no como el mundo imaginó
- El problema estructural del patrón monetario
- La desdolarización viene desde abajo: arreglos regionales y pagos en moneda local
- La transformación tecnológica de los pagos internacionales: nuevas rutas hacia la desdolarización
Referencias
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